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Experiencias de viajeros
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Cosas del destino...
Date: april, 1996
Protagonist: Rosa María Mathicz (Argentina, 28)
Quiero compartir con ustedes uno de los momentos más emocionantes que viví en este lugar de nuestra querida Patagonia.

Mi marido y yo, siempre por cuestiones de trabajo, nos tomábamos las vacaciones en Semana Santa. Solíamos irnos de fin de semana a fin de semana, con lo cual acumulábamos 10 días para nosotros y nuestras ansias de aventura en la naturaleza. Siempre soñábamos con conocer el glaciar Perito Moreno, pero en esa fecha teníamos un prejuicio: “a la zona de los glaciares se puede ir sólo en verano (de Noviembre a Marzo)”. Debido a esta falsa idea empezamos a averiguar por otros destinos, y nos dijimos “¿vamos a Río de Janeiro?”. Tuvimos la “buena suerte” de que en ese momento el pasaje a Río saliera muy caro y comenzáramos a buscar más opciones. Justo en esos días, un amigo organizaba un viaje en grupo a la zona de los glaciares, y me pareció tan loco cuando me contó todo lo que se podía hacer aún en Semana Santa... Para abreviar, nos dejó la idea picando y en definitiva el grupo no viajó. ¡¡ pero mi marido y yo si !!!

Luego de muchos preparativos e ilusiones, llegó el día de tomar el avión. Llegamos a Río Gallegos y luego tomamos el micro a El Calafate. Si bien cuando arribamos a esta última localidad el tiempo nos recibió con llovizna y mucho frío, ese momento fue el último en mi recuerdo de mal tiempo, el resto de los días fueron soleados, agradables, ideales para disfrutar tanta belleza. Inmediatamente nos ubicamos en un alojamiento, y comenzamos a averiguar todas las opciones que teníamos y de qué forma conocer lo más posible, recibimos muy buena información e hicimos las reservas en el momento. Al día siguiente, muy temprano por la mañana ya conoceríamos el glaciar Perito Moreno.

Muy puntualmente, a la madrugada, Jorge (nuestro guía) estaba listo para comenzar la excursión. Era prácticamente de noche, solo se veía un poco de claridad en el horizonte y comenzamos a salir de El Calafate tomando la ruta. El sol iba creciendo y anunciando un día brillante y despejado.

Paramos en un punto de la ruta y bajamos del vehículo para disfrutar del amanecer que ya mostraba el paisaje en su plenitud: el cielo había tomado una tonalidad rosada, se respiraba aire muy fresco y puro. El silencio era abrumador para alguien que vive en una ciudad como Buenos Aires. Realmente había valido la pena levantarse tan temprano para poder vivir ese momento allí.

Continuando el viaje entramos en el Parque Nacional Los Glaciares y seguimos por la ruta disfrutando de la vegetación y observando todo lo que el guía destacaba del lugar. En medio de la explicación que nos estaba dando, nos pidió que cerremos los ojos mientras el vehículo aminoraba su marcha, avanzaba unos metros y se detenía. Esperó unos minutos para crear mayor expectativa y nos dijo que ya podemos abrir los ojos. Fue maravilloso, imponente, supremo... El camino estaba prácticamente al borde del Lago Argentino (Brazo Rico) y desde ese punto podíamos ver por primera vez al glaciar Perito Moreno. La emoción me superó y se me humedecieron los ojos. Ese punto panorámico es conocido como “la curva de los suspiros”. Recuerdo que con mi marido nos abrazamos festejando la alegría de poder estar allí. Nadie del grupo podía hablar, sólo se escuchaba el sonido de las cámaras fotográficas. Me invadió una sensación de paz y grandeza que con palabras no se puede transmitir, quedándome inmóvil por varios minutos. Sólo me motivó a subir al transporte el saber que estaríamos mas cerca en pocos minutos.

Al llegar frente al glaciar, transitando por las pasarelas, la emoción se renovaba continuamente, el guía nos contaba infinidad de cosas que hacían que nuestro asombro aún sea mayor y sobre todo destacaba que el día que nos había tocado era muy especial, ya que podíamos apreciar la cadena montañosa que se encuentra detrás del glaciar y que contrasta con éste por sus colores oscuros.

Hubiera deseado quedarme hasta que llegara la noche, prestando atención a los sonidos que te avisan que hubo un desprendimiento del frente del glaciar o simplemente observando, quedándome inmóvil para convertirme en parte del lugar.

Todavía cierro los ojos y puedo ver esa primera imagen del glaciar rodeado de tanta bella naturaleza. El escribir estas líneas me ha hecho revivir ese día y me renovó la emoción.
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